Por CSP._

Hasta hace unos meses me hubiese encantado ser amigo de mi mismo. Era lo que se podría llamar un tipo “bueno”. No quiere decir que ahora no lo sea, pero con la cabalidad que cumplía la sentencia anterior de ningún modo. Hasta hace unos meses era un buen samaritano reconocido por mis conocidos, un buen chato, el tipo que ponía la otra mejilla, que reservaba su opinión por el bienestar del prójimo aún cuando esto afectara la propia, un hombre que se interesaba realmente por el sentir del otro por muy superfluo que esto pudiese ser. Hasta hace unos meses fui lo que se podría decir un “amor de persona”, un tipo empático que era muy difícil que cayera mal en alguna parte. Esta empatía (muy influenciada por lo que creo yo era el insufrible factor timidez) tiene la propiedad de hacer que uno se sienta “bueno”, que uno por ser así tenía ganado el cielo más medio paraíso y por ende merecía en la vida cosas buenas, puras cosas buenas. Esto supuestamente tenía un plus encantador, sesgado por el ideal masculino que veo pregonado en los múltiples medios de comunicación, por mi particular forma de ser debía ser ese hombre sensible que sueñan las mujeres de bien, por lo que sospechaba que algún día me llegaría por arte de magia (o por último compensación de parte del destino) el reconocimiento de parte de las integrantes de las huestes estrogenadas, que sólo era cosa de tiempo. Nada más alejado de la realidad, creo que el carácter este era efectivo para las viejitas y mamás proyectosdesuegras de todo el mundo. La verdad es que mirando para atrás, el encanto provocado por está forma de ser es más cercana al patetismo que a otra cosa, afortunadamente para mi eso si, lo suficientemente “piola” para evitar comportamientos extraños o vergonzantes de los que me podría arrepentir en el futuro. Era una sutil tonterita imperceptible para las personas sin mayor interés de interiorizarse más en las lateras existencias del
prójimo que por supuesto no generaba encanto alguno. Es más, los justifico tanto que me aburro de solo escribirlo.
Todo iba perfecto dentro de su imperfección, hasta que llegó la hora del clímax, la futura catarsis existencial. Un cambio que remeció mi existencia, en muchos niveles, casi todos los que podría torpemente describir ahora. Llegó el factor “Ella”. Además de estremecer mi existencia un poco rutinaria y hasta el minuto carente de colores propios, el factor Ella dio un toque magistral humanización a mi robótica, algo insípida y estructurada vida. Fue cosa de tiempo para que dramáticamente se transformara en una necesidad vital aparentemente tan importante como tomar agua. Fue un examen de conciencia humano perfecto, involuntario, deliciosamente brutal y adrenalínico. Sus miserias y defectos no hacían más que inyectarme vida, mientras sus alegrías y talentos me vanagloriaban como hombre. A este prodigio que estaba recibiendo en mi vida no pude responder con otra cosa que no fuera con lo mejor que sabia hacer; ser bueno. Y fui un bueno, casi perfecto, un don buenazo. Respondí con todo el cariño y sinceridad con el cual un ser humano podría responder, a lo mejor un poco más, una entrega religiosa que rozaba la divinidad. En efecto, se lo que pueden estar pensando. Ese fue el inicio de mi acabose.
Cuando una persona no esta en condiciones (o derechamente no tiene las condiciones) de recibir afecto de semejante calibre no hay más por hacer. Cuando tus sentimientos que se han transformado en una obra de arte perfecta, una escultura de magnas proporciones y el destinatario de tanto trabajo no tiene una casa demasiado grande o cómoda para recibirla. Tal cual como Silvio Rodríguez dice con impecable precisión: “¿Te molesta mi amor?, Mi amor de humanidad, y mi amor es un arte en su edad. ¿Te molesta mi amor? Mi amor de surtidor, y mi amor es un arte mayor”. Es devastador. Devastador no solo porque la situación en si ya es groseramente terrible, sino que además al final realmente nadie tiene la culpa de nada, no hay pecador al cual apedrear, no hay ni un punchinbag donde te puedas desahogar, no te queda nada más que someterte a la sórdida realidad, aceptar el efectivísimo tratamiento Ludovico que te están aplicando y hacer de ejecutor de tu propia infelicidad, soportar lo más digna
mente posible una y otra vez los embates de revancha involuntaria propinados por las inseguridades e incapacidad emocional de la persona que alguna vez solo te atizó con vida, morderte los labios y detener la múltiples hemorragias con cualquier cosa que tengas a mano porque no habrá servicios de urgencia que puedan oírte desde tu horrible y distante posición. No te queda nada por hacer o por decir. Nada. Solo decir que obraste bien. Que hiciste lo correcto. Que fuiste intachablemente bueno.
Eso probablemente, sea el motivo de mi cansancio. Esa es la razón de porqué mis ojeras no habían estado tan relucientes en la vida.
Y así pasó un tiempo oscurísimo que duró una eternidad, ese tiempo donde respiraba mi propia sangre. Ese al que ni por todo el dinero del mundo volvería siquiera a echar una ojeada, porque el pavor no me lo permitiría.
Desperté un día dándome cuenta de algo. Todo el candor y la oscura pirotecnia del sufrimiento descarnado, de las glándulas irritadas, de la nostalgia, los labios partidos, de la sal, del luto por alguien que sabes que respira mejor que tú se habían acabado. Ya no podía sentirme mal. Era incapaz de hacerlo. Me di cuenta mirando al techo que ya no era sufrimiento lo que sentía. Simplemente estaba enojado.
Enojado no con alguien en particular o plural, por suerte este tipo de resentimientos vulgares no los he sentido realmente, sino que simplemente enojado. Con todo y al mismo tiempo con nadie. Un enojo ciego. Un enojo al mismo tiempo tibio, acogedor, fortalecedor, que me proporcionó un nicho agradable en donde estar después de mucho tiempo. Un enojo que me da el derecho de actuar no como los otros quieran haciendo reverencia al mundo, sino que como a mi se me diera la gana, velando por mis más básicos intereses o necesidades, porque simplemente decidí que me lo merezco. Llegué al punto que para conseguir eso fue necesario el pie sobre los sentimientos de otros, incluso de algunos que pudiesen tener más cuantía que los propios. He sido un personaje detestable, he peleado y me he ganado insufribles reprimendas por esto de parte de estupefactos seres queridos que se preguntan a si mismos “que chucha está pasando”. La acidez y mordacidad que había liberado siempre en simpáticas y sanas dosis están en su salsa, ahora fluyen caudalosamente y a borbotones. Por suerte a ratos todavía he sido lo suficientemente inteligente para que esto no se me vaya de las manos y no se ha transformado en agresión directa ni en problemas.
En este momento no sé si me pueda seguir catalogando de “buen tipo”. Si bien no ando asaltando bancos ni matando gente, puede decirse que mi antigua empatía se transformó en egoísmo emocional, (para mis parámetros hasta hace poco normales) llegando a perpetrar actos reprochables que antes me parecerían de un maldito descorazonado, que obviamente no voy a entrar a detallar en esta vitrina para no complicarme la existencia. No me he portado bien con la gente, pero tampoco TAN mal.
Y lo peor de todo (a ojos de espectador, por supuesto) es que no me importa. Pero no es ese “no me importa” de adolescente con complejo de rebelde sin causa. No me importa porque creo que es lo que todo el mundo se merece. La chillona frase púber “Es un mundo estúpido” toma especial validez, el pensamiento de que las personas que pretenden ser buenas e intachables de adentro les va a costar la doble potencia alcanzar la plenitud (por suerte de esta gente hay muy poca) y la mayoría solo aspira a eso parcialmente hasta me las estoy tragando.
Acá hay que matar para comer y comer para vivir. Me convencí de eso y tuve que ponerlo en práctica de inmediato. Los resultados fueron escalofriantemente rápidos. Desde que estoy haciendo y diciendo lo que realmente creo que necesito hacer o decir de frente y sin anestésicos pesos morales autoimpuestos (que solo sirven para hacer la ilusión que uno hace bien las cosas y no hace llorar a Jesusito) se me han abierto más puertas y con mayor facilidad de la que nunca hubiese esperado. He sido encontrado sin razones de peso una persona atractiva y hasta deseable más que nunca en la vida y sin poner un pelo de esfuerzo para ello, he recibido más propuestas de falsa amistad o compañerismo, esa repulsiva sensación de aceptación general y me ha permitido despejarme de fantasmas afectivos falsos y dejar atrás a gente que creí apreciar pero ahora me parece inútil, un poco decadente y hasta contraproducente. Tampoco me quejo en demasía, me he encontrado en el camino con valiosas personas que si vale la pena conservar.
No puedo evitar mencionar que acabo de descubrir mientras escribo estas últimas líneas no aspirables es que el enojo de pronto se tornó más justificado de lo que creía. La etiqueta de “enojo ciego” se me fue al carajo ahora mismo.
Qué bueno. Ya me puedo ir a dormir tranquilo, hasta con una sonrisa en la cara._
